Sega nos trae una vez más una entrega del videojuego de la saga The House of Dead, en ésta ocasión la cuarta de ellas. Siempre que juego a esta saga me recuerda a mis tardes en las recreativas de la ciudad, ya que fue la primera vez que agarré esa pistola tan característica de la máquina y me lié a pegar tiros a zombies desbocados. Más tarde se empezaron a ver las versiones para ordenador y aquí estoy una vez más destrozando a balazos seres desagradables que se ponen a tiro, pero en consola.
Si habéis jugado a alguna de las anteriores entregas, sabréis que éste título se trata de un shooter en raíles, es decir, que nosotros no movemos al personaje, sino que él se va moviendo por escenarios y en ellos aparecen una serie de enemigos u objetos a los que disparar. La precisión y la rapidez de nuestros reflejos son fundamentales para avanzar entre las hordas de zombies y monstruos despiadados que se nos echarán al cuello. El aire a recreativa se escapa por todos los poros del juego, teniendo los famosos créditos (que serán las veces que podremos pulsar el “continue”) y las vidas, que se irán esfumando una a una con cada golpe recibido.




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